El crecimiento de los adultos como personas es prioritario.

El crecimiento personal de los niños depende mucho del cuidado que, nosotros adultos, tenemos con el crecimiento de nuestra propia persona.

Para influenciar (positiva o negativamente) a los niños, no es necesario que tengamos el propósito de hacerlo: es suficiente nuestra presencia. De hecho, sin que lo sospechemos, los niños nos escuchan, nos observan, nos imitan. No son tanto nuestros buenos consejos que dejan en ellos una marca significativa sino nuestras actitudes profundas, la postura de nuestra persona, la razón de nuestro vivir que aparece por detrás de nuestras palabras y acciones. Es por eso que no existen momentos en que somos educadores y otros que estamos libres de este compromiso.... "Todo" de nosoros, adultos, (poco o mucho, bien o mal, implicita o explicitamente, antes o después) acaba repercutiendo en los niños; todo lo que somos contribuye a crear su mentalidad, a formar su caracter, en determinar en ellos opciones, a estalecer prioridades, a predisponer su futuro.
Señor, ¿que quieres de mí ?

Los niños tienen mucho olfato. Rápidamente ellos entienden quien es realmente ese adulto que dice que vino para ayudarlos, cuales son los verdaderos motivos que lo trajeron.

Id por todo el mundo y pregad el Evangelio a todas las criaturas.
Sí, el valor de las opciones que elegimos dependen de las razones profundas que las motivan. Por eso queremos contar con adultos que opten por el servicio de ayuda a los niños, no tanto por necesidad, por conveniencia, por sentirse útiles o por motivos simplemente humanitarios... sino como para aprender a vivir su propia vida en la verdad, a cuidar del crecimiento de su propia persona, a asimilar siempre más el espíritu del Evangelio, es decir el amor gratuito. Sólo así podrán ofrecer a los niños de la calle su ayuda que ellos precidan y merecen.
Para ayudar a los adultos es este camino, no basta ofrecerles cursos de formación, es indispendable disponer de su adhesion personal, bien conciente y decidida, porque la libertad de cada uno está totalmente envuelta en esta lenta, pero fascinante aventura del cambio de nosotros mismos. Si madurecemos, es porque estamos siendo verdaderamente solidarios y amigos, es decir estamos ayudándonos reciprocamente a perfeccionarnos a lo largo de la experiencia, no importan los obstáculos que debamos enfrentar, abandonándonos con humildad a una convivencia que, con la gracia de Dios, puede hasta transformarse en una auténtica fraternidad.